Limerencia
No sé si alguna vez te pasó.
Eso de obsesionarte con alguien sin entender por qué.
No es amor. Pero tampoco es solo un capricho.
Es algo en el medio. Un limbo emocional que brilla… pero agota.
Se llama limerencia.
Una palabra poco conocida, pero que te explota en el pecho como si siempre hubiese estado ahí.
Es un estado de fascinación intensa y casi obsesiva por una persona, normalmente sin que exista una relación real.
Es cuando tu mente te convence de que hay algo… aunque no lo haya.
Y empezás a vivir en función de una expectativa.
La limerencia se siente como amor en cámara lenta.
Como si cada mínima interacción con esa persona significara algo enorme.
Un emoji. Una historia vista. Una frase amable.
Todo lo interpretás. Todo lo analizás.
Y lo peor es que no podés parar.
Tu cerebro está enganchado a esa ilusión,
como si se tratara de una droga emocional.
¿Y sabés qué es lo más cruel?
Que no te enamorás de la persona.
Te enamorás de lo que creés que podría ser contigo.
Una versión perfecta, armada con pedacitos de gestos, sonrisas y silencios.
Proyecciones. Sueños. Deseos que no se dicen.
Y ahí estás.
Mirando su última conexión,
esperando que responda,
deseando que sienta algo,
aunque sea parecido a lo que vos sentís.
Pero no es amor compartido.
Es una fantasía disfrazada de posibilidad.
Un espejismo emocional donde vos das todo…
y la otra persona ni siquiera sabe que hay una historia.
Te imaginás conversaciones, reacciones, abrazos.
Te armás escenas de película con alguien que, tal vez,
ni te ve de la misma manera.
Y eso duele.
Porque tu corazón está involucrado
en algo que solo pasa adentro tuyo.
Salir de la limerencia no es fácil.
Porque te hace sentir viva.
Te da adrenalina. Expectativa.
Esa sensación de "¿y si?" que es adictiva.
Pero también te desgasta.
Te distrae de lo real.
Y te deja vacía cuando, otra vez,
la realidad no cumple la fantasía.
Limerencia no es amar.
Es desear que te amen, aunque sea con la mente.
Es jugar a sentir con alguien que no está jugando con vos.
Y eso no es justo para tu corazón.
Así que si hoy estás ahí, atrapada en esa historia interna:
Respirá.
Volvé a vos.
No te castigues por sentirlo.
No sos débil.
Solo sos humana.
Y merecés una historia que sea de dos, no un monólogo disfrazado de romance.
Porque el amor sano no te pone a dudar todo el tiempo.
El amor sano te mira a los ojos, te nombra… y se queda.

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